¿Ojo por ojo, diente por diente?

 

Cada día cojo el autobús en la primera parada de la línea, a la misma hora. Y cada día me lleva hasta mi destino el mismo conductor de autobús. De hecho, ya nos conocemos, como aquel que dice. Cada día le saludo y le dedico una mirada de cordialidad. Pienso que no está de más tener buen rollo con mi conductor, los primeros 3 minutos del trayecto los hacemos prácticamente solos, ya que la afluencia de pasajeros a esa hora de la mañana es muy escasa.

Una vez lo he saludado, marco la tarjeta de autobús como buen ciudadano y me dirijo hacia mi sitio, que, aunque no tenga mi nombre escrito, me pertenece, porque a estas alturas el asiento ya debe de tener la forma de mi culo.

Hasta aquí todo perfecto. Si no fuese por un pequeño detalle. Mi conductor de autobús pasa de mí. Cuando yo le saludo, ni se inmuta. Cuando yo le dedico una mirada de cordialidad, él me devuelve una mirada de desprecio. ¡A mí! Que soy su pasajero number one.

Pero yo sigo saludándolo. Sigo dedicándole una mirada de cordialidad día tras día. Pienso que no está de más tener buen rollo con mi conductor. Espero que, algún día, entienda que la cara de amargado de la vida que pone no le llevará a ningún sitio.

Espero que, algún día, entienda que una pequeña sonrisa de buena mañana es el mejor remedio para quien no está de humor. Espero que, algún día, entienda que no soy un masoquista, que no lo hago por mí, sino por él.

 

Alex, Estudiante

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